Nuestra Señora de Luján

8 de mayo.
Proveniente de Brasil, en 1630 arribó un barco con dos imágenes de la Virgen al puerto de Santa María de los Buenos Aires. Fue a pedido de Faría de Sá que quería rendirle culto a la Madre en la capilla que estaba construyendo en su estancia en Sumampa, provincia argentina de Santiago del Estero. La carga destinada a aquel marino debió superar varios inconvenientes en el puerto. Finalmente, el amigo de Faría de Sá, Andrea Juan, buscó una tropa de carretas y partió hacia el norte argentino. Fue durante la primera quincena de mayo de 1630.

La primera noche, la caravana paró en lo que hoy se conoce como Paso Morales del Partido de Hurlingham. El atardecer del segundo día, el convoy se detuvo en la estancia de Rosendo, ubicada frente al río Luján. Allí ya estaba el Negro Manuel, a quien Andrea Juan había comprado en Brasil. 

La noche fue tranquila. El problema se presentó cuando los hombres quisieron proseguir la marcha hacia Sumampa. No podían mover ni un paso los bueyes. Así,  se dispusieron a repasar la carga que llevaban. El conductor individualizó los dos cajones con la imagen de la Virgen. 

Fue entonces cuando el Negro Manuel, conmovido, pidió que retiren del carretón a una de las cajas. Pero fue en vano, porque los bueyes no podían avanzar. Volvió a intervenir el Negro Manuel sugiriendo que se cambien los cajones de madera. Así lo hicieron, subieron el cajón y bajaron el otro. Ahora sí: sin necesitar estímulo alguno, los animales tiraron del carretón sin dificultad.

Volvió a intervenir Manuel haciendo saber que la imagen de la Virgen guardada en ese cajón debía quedarse allí. Abrieron esa caja y se encontraron con una bella imagen de la María Santísima en su advocación de la Purísima Concepción.

Los traperos  y el personal de la estancia de Rosendo se quedaron perplejos y fascinados ante lo que consideraban el milagro de la carreta. 

Todos veneraron la imagen de María. Todos la cubrieron de besos. Todos lloraron de emoción porque era incomprensible aquel suceso. Y todos coincidieron en dejar aquella Santa Imagen en esa estancia de Luján porque la Virgen María había elegido aquella tierra para quedarse. Fue entonces cuando el Negro Manuel prometió con su corazón no separarse jamás de la Virgen.

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