Fiesta de Todos los Santos

1 de noviembre.
En este día recordamos a todas aquellas personas que, por su vida ejemplar, han merecido ser recibidas de modo especial en los cielos. En este día debemos recordar, sobretodo, a los santos anónimos, aquellos cuyos nombres no son conocidos, pero cuyas vidas fueron un ejemplo para los que compartieron sus vidas.

Este es un día para reflexionar en como han vivido, en porque han sido agradables a los ojos de Dios. Para reflexionar en todos los bienes espirituales y materiales que por su intercesión recibimos.

La santidad no es patrimonio de algunos pocos privilegiados. Es el destino de todos, como lo fue para esa multitud de santos que en este día se celebra.

La iglesia instituyó este día por las siguientes razones:

– Para alabar y agradecer al Señor la merced que hizo a sus siervos santificándolos en la tierra y coronándolos de gloria en el cielo

– Para honrar a los Santos de los que no se hace fiesta particular durante el año

– Para procurarnos mayores gracias multiplicando los intercesores

– Para reparar las faltas que hayamos cometido durante el año en las fiestas particulares de los Santos

– Para animarnos a una mayor virtud con el ejemplo de tantos Santos de toda edad, sexo y condición, y con la memoria de la recompensa que gozan en el cielo.

Nos tiene que alentar a imitarlos el saber que ellos eran tan débiles como nosotros; que fortalecidos con la gracia divina, se hicieron Santos con los mismos instrumentos que nosotros podemos utilizar; que por los méritos de Jesucristo se nos ha prometido la misma gloria que ellos gozan en el cielo. La santidad cristiana consiste en vivir y cumplir los mandamientos.

“El Santo es aquél que está tan fascinado por la belleza de Dios y su perfecta verdad, que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo” Benedicto XVI