Meditando la Semana Santa

La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año. Comienza el Domingo de Ramos y termina el Domingo de Pascua. Lo esencial en esta semana es dedicarse a la oración, la contemplación y la reflexión de los misterios de la Pasión y Muerte de Jesús.

DOMINGO DE RAMOS. Abre la Semana Santa. Es el día de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Todo el pueblo lo alaba con cantos y palmas. Por esto es que llevamos nuestros ramos para ser bendecidos. Leemos y reflexionamos: Lc 19, 29-40.

Oración. Aquí estoy…”aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. En un borriquito viene, cabalgando victorioso por la verdad y la justicia. Se dirige hacia su Pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres. Humilde y pobre entra en la ciudad, manso y cercano. Él no grita, los que le reciben sí. Salen a su encuentro, lo aclaman como Rey y Mesías; pero lo suyo es el silencio, la sencillez y la entrega. Podemos correr también nosotros, primero por nuestro ramo de olivo, después para arropar a este modesto Jesús con el firme y limpio propósito de acompañarte hasta el final, hasta donde Él va a llegar para salvarnos.

LUNES SANTO. Reflexionemos Jn 12, 1-11.

Oración. Tienes entrada libre, Jesús, a este camino nuevo de tu sangre. Puedes hacerlo o retirarte. Ha llegado el momento de la decisión, la última etapa del camino. Estamos en víspera de ser testigos de la sorpresa más grande: tu paso decidido hacia el ocaso de tu carne, para alumbrar desde la humildad de tu cruz el día de la luz definitiva. Porque al morir nos das tu vida a los que, por nuestra condición de mortales, no teníamos posibilidades de vivir.

En los primeros tiempos, los cristianos, soportaban combates y sufrimientos, se exponían públicamente a insultos y tormentos. Hoy quizás, nos falta constancia para cumplir la voluntad de Dios. Nos acobardamos con frecuencia. Que el Señor nos conceda esta fe que nos haga gente decidida que nunca se eche atrás.

Acerquémonos en estos días al Sacramento de la Reconciliación.

MARTES SANTO. Reflexionemos Jn 13, 21-33, 36-38.

Oración. Que pueda quitarme de encima lo que me estorba y el pecado que me ata, para correr en la carrera que me toca, sin rendirme, sin abandonar, fijos los ojos en Ti, Jesús, que ya has corrido, y que inicias y completas nuestra fe. Tú mismo, renunciando al gozo inmediato que el mundo ofrece, soportando con entereza la cruz, sin importarte la ignominia y el desprecio de los importantes. Que yo no me canse ni pierda el ánimo; todavía no he llegado a la sangre en mi pelea contra el pecado. Acepto con gusto la corrección que viene de Ti, Padre Santo, aunque me duela, porque lo único que quieres es transformarme, ayudándome a ser digno de Ti y merecer la vida eterna. 

MIERCOLES SANTO. Reflexionemos Mt 26, 14-25

Oración. Dios quiso siempre hacernos partícipes de la plenitud de su amor. Porque nunca habrá amor más grande que dar la vida por aquellos a quienes se ama.

Estoy invitado a hacer lo mismo: a amar como he sido amado, a dar mi vida por los hermanos. Tú, Señor, ofreciste tu cuerpo a quienes quisieron ultrajarlo sin taparte, sin esconderte. Sabías que tu Padre era tu ayuda y que no quedarías defraudado. Mis manos están extendidas a Ti como ofrenda agradecida. Porque al repasar mi vida, descubro que siempre estás conmigo, a cualquier hora, sin rechazarme. Eres misericordia que no se agota; nunca olvidas tu bondad y mantienes tu promesa para siempre. Tu poder es el perdón. Tu brazo nos rescata con la vida. Solo en ti descanso y tengo paz; solo de ti viene la salvación; tú eres la roca de mi esperanza.

JUEVES SANTO. La liturgia de hoy nos invita a profundizar el misterio de la Pasión de Cristo. Rememoramos la última cena en la cual Jesús instituye la Santa Eucaristía y el Sacerdocio. Reflexionemos Lc 4, 16-21.

Oración. Te has sentado a la mesa de la eterna fiesta de la fraternidad. Sabes muy bien lo que hay dentro de cada uno de nosotros, tus invitados. Por eso Tú, que en tu angustia ante la cruz clamaste a Dios y, sufriendo, aprendiste a obedecer, has querido hacer tuyas las pasiones y sufrimientos humanos. Has derrotado a la cruz derrotando la iniquidad y la injusticia. Te compadeces tanto de nuestra debilidad, que quisiste quedarte siempre con nosotros, en algo tan sencillo y humilde como el pan y el vino, para fortalecernos. En la Eucaristía, Señor, sacamos nuestra fuerza para poder así seguir tu camino.

Gracias, Padre, por tanto amor. Gracias, Jesús, porque en este día nos enseñaste a servir. Gracias, Jesús, porque incluso llamaste amigo al traidor; porque nos diste un Mandamiento Nuevo; porque nos has dado un corazón parecido al tuyo.

VIERNES SANTO. Es el día de la Pasión del Señor. Estos momentos son recordados en el Vía Crucis y la adoración de la Santa Cruz. Leemos Jn 18,1-19,42

Oración. Este árbol de la muerte cuyo fruto humano eres Tú, Cristo Jesús, reparó el daño que el pecado causó en nosotros. Cuando marchas hacia tu amarga muerte es momento de decirte: gracias por las  Bienaventuranzas; gracias por tu sangre derramada; gracias por tu vida dada; gracias por tu justicia, tu paz, tu amor inagotable. Es hora de tu generosidad, de mostrarnos este, tu inmenso e ilimitado amor, dando tu vida.  Desde allí nos dices que si alguien quiere amar, debe hacerlo como tú lo hiciste: sin medidas. Que si alguien comprende lo que estás haciendo que no se encierre en si mismo sino que abra los brazos para estrechar al hermano.

El camino de la cruz ha llegado a su fin. Todo queda consumado.  Ante este Cristo muerto quiero sentir que Dios es amor, y que Él nos amó primero. Ahora me toca a mí amar, dándome, haciéndome pequeño, perdonando, poniendo la otra mejilla. Basta de despilfarrar vida. Déjame que a tu lado ponga mi cruz, oh Cristo. Deja que mi sangre se mezcle con la tuya. Que nunca desde mi cruz me queje, pensando que son estériles el dolor y la muerte que me unen a ella. Que descubra que tu muerte es mi vida.

SABADO SANTO. Permanecemos junto a Jesús en el sepulcro meditando su Pasión y Muerte, su descenso a los infiernos, su ausencia. Meditando estos hechos esperamos su Resurrección.

Oración. “Sepultado el Señor, sellaron la piedra y pusieron un guardia para custodiarla”. Se alejó nuestro Pastor, fuente de agua viva. Un gran silencio envuelve la tierra, una gran soledad. Duerme y descansa en paz, Jesús Nazareno. Dios, tu defensor, va a restituir el honor que los hombres te arrebataron; mañana su falsedad y engaño quedarán al descubierto. Estás ahora acostado en el lecho de la tierra. Mañana Dios te despertará para que amanezca la alegría de tu corazón vivo, rompiendo la piedra del sepulcro, y te muestres vencedor ante los humanos. Mañana enséñanos a todos el sendero de la vida; llénanos con tu presencia de alegría para siempre. Pero ahora, duerme y descansa en paz.

Permitamos que tu Padre prepare la gran fiesta de mañana, porque Tú, Salvador nuestro, ya has destruido el poder del enemigo. Nosotros procuraremos lavar un poco más el corazón, preparándolo para recibirte y escuchar tu voz. Mañana tómanos de la mano, levántanos y dinos:”Despiértense los que duermen, levántense de entre los muertos, que yo seré vuestra luz”. Que tu sueño, Señor, nos saque del sueño del abismo.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN. Jesús ha vencido la muerte y nos da la vida. Él nos ha salvado para vivir felices en compañía de Dios. Leemos Jn 20, 1-9.

Oración. Y cuando huía desesperanzado, me hiciste volver sobre mis pasos. “Es verdad: ha resucitado el Señor”. Me hiciste volver jubiloso a l grupo de mis hermanos y celebrar todos juntos la alegría de la Pascua: celebrar tu presencia entre nosotros. Porque sigues bendiciendo el pan, partiéndolo, dándote a ti mismo y siendo el centro de nuestra comunidad, que contigo resucita.

Otra vez la vida, la inocencia, la verdad, la luz. Tu Pascua es una manera nueva de ver, abrazar y construir el mundo; una manera nueva de hacer la historia desde la luz del día supremo de Tu Resurrección. Si, que el amor y la vida sean la última palabra en el libro de la historia de todos los pueblos de la tierra, porque no hemos nacido para el odio.