8 de septiembre
Nada nos dice el Nuevo Testamento sobre el nacimiento de María. Ni siquiera nos da la fecha o el nombre de sus padres; aunque según la tradición se llamaban Joaquín y Ana. Todo lo que sabemos del nacimiento de María es legendario y se encuentra en el evangelio apócrifo de Santiago, según el cual Ana, su madre, se casó con un propietario rural llamado Joaquín, galileo de Nazaret. Su nombre significa “el hombre a quien Dios levanta”, y, según san Epifanio, “preparación del Señor”. Descendía de la familia real de David. Llevaban ya veinte años de casados y el hijo tan ansiado no llegaba. Los hebreos consideran la esterilidad como un oprobio y castigo del Cielo. Eran los menospreciados, que hasta en la calle se les negaba el saludo. En el templo, Joaquín oía murmurar sobre ellos, como indignos de entrar en la casa de Dios. San Joaquín, muy dolorido, se retira al desierto, para obtener con penitencias y oraciones la ansiada paternidad. Ana intensificó sus ruegos, implorando como otras veces la gracia de un hijo. Recordó a la otra Ana, de la que habla el libro de los Reyes: habiendo orado tanto al Señor, fue escuchada, y así llegó su hijo Samuel, quien más tarde sería un gran profeta. Y así también Joaquín y Ana vieron premiada su constante oración con el nacimiento de una hija singular, María, concebida sin pecado original, y predestinada a ser Madre de Jesucristo, el Redentor.

Nace María. Nace una niña santa. Nada se nota en ella hasta que crece y comienza a hablar; a expresar sus sentimientos, a manifestar su vida interior. A través de sus palabras se conoce el espíritu que la anima. Se dan cuenta sus padres: esta niña es una criatura excepcional. Se dan cuenta sus compañeras, que se sienten atraídas por el candor de la niña y, a veces, sienten ante ella respeto reverencial. Sus padres no saben si alegrarse o entristecerse. Para conocer lo sobrenatural hace falta tiempo y distancia. La niña santa no imita los defectos de los mayores y obra según sus convicciones. Cuando nació Juan Bautista, la gente se preguntaba: “qué va a ser este niño?” De María se preguntarían lo mismo. Ella comprende que, aunque quisiera hablar de lo mucho que lleva dentro, debe callar.
Y tiene que vivir en completa soledad, de la que es un reflejo, el aislamiento de una niña que crece entre gente mayor.
María, llena de gracia, vivía como perfectísima hija de Dios, entre hombres que habían perdido la filiación divina, habían pecado, y sentían la tentación y sus inclinaciones al pecado. El hombre conoce la diferencia que hay entre lo bueno y lo malo; y cuando obra el mal, percibe la voz de la conciencia. Antes de pecar, la percibe y la desatiende; durante el pecado, la acalla con el gozo del pecado; después de pecar, lo oye y quisiera no oírlo. Este es el conocimiento del mal, que no procede de Dios, sino de haberse separado de Él. María no conoce el mal por experiencia, sino por infusión de Dios. No había pecado nunca. Por eso no entendía a la gente y se sentía sola.
Experimentaba que solo ella era así. Si hubiera vivido en un desierto no hubiera sufrido tanto; pero en Nazaret, aldea pequeña, con fama de pendenciera y poco caritativa, es tenida por orgullosa, ¡la que era la más humilde! Como los niños viven su mundo aparte de los mayores, así tiene que vivir María entre su gente.
Y una mujer así, ¿nos puede comprender?; puede ser nuestra madre? Sí, porque María es una mujer comprometida con todo el género humano. María fue la pobre de Yahvé. Los pobres de Dios nunca preguntan, nunca protestan. Se abandonan en silencio y depositan su confianza en las manos del Señor y Padre.
En estos tiempos que corren hemos de recuperar a María, como Hermana en la fe, Madre en la fe. María peregrinó en la fe como todos los cristianos. Se abandonó a Dios. Pudo ser lapidada, al quedar embarazada; pudo ser repudiada… Es la pobre de Yahvé.
Querríamos saber más cosas de María. El Evangelio nos dice muy poco de Ella. Pero, si bien lo miramos, implícitamente nos dice mucho: todo. Porque Jesús predicó el Evangelio que, desde que abrió los ojos, lo vio cumplido por su Madre. Los hijos se parecen a sus padres. Jesús solo a su madre. Era su puro retrato, no solo en lo físico, en lo biológico, sino también en lo psíquico y en lo espiritual.
