El don de la Fe. La palabra don indica algo que se recibe así, sin más, como regalo, como señal de alguien que nos ama y nos quiere alegrar con un objeto concreto o con un gesto profundo de cariño. La fe también es un don, un don que Dios da a quienes creen no porque los creyentes tengan méritos o sean mejores que los demás, sino porque han descubierto y acogido ese don simplemente como lo que es, algo inmerecido.
Entonces, ¿cualquiera puede creer? Sí, porque todos, ante el don de Dios, se encuentran en la primera línea para dar el paso de la fe. Y a todos Dios les ofrece mil pequeñas luces para iniciar a dar ese paso, para recibir un don que no es sólo para unos pocos privilegiados, sino para todos. Esas luces que Dios pone en nuestro camino son la familia, algún educador, sacerdote, religioso o religiosa; a veces es un libro, una nota o un correo. Cualquiera de nosotros que hemos desarrollado ese don, puede y debe ser un transmisor de ese regalo que hemos recibido: la fe.
La fe es luz. Dios llega al corazón del hombre para llevar luz: “Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas (Jn 12,46). Dios busca al hombre en su interior, en la profundidad de su alma, que muchas veces cerramos por el temor a ser vulnerables. Dios ha querido asumir la vida humana para hacer sentir aún más su cercanía al hombre. La Palabra se hizo carne, tocó con la mano todas las situaciones que el hombre vive, recordándole que la naturaleza humana no puede prescindir de amar y confiar. Amar, de hacho, significa confiar, porque la vida es un continuo acto de fe. Aquel que cree, al aceptar el don de la fe se reviste de una luz nueva, es transformado en una nueva criatura, se vuelve hijo en el Hijo.
La fe, no es un trofeo o un punto de llegada; es, en cambio, un punto de partida. Desde el momento en que se acoge el don de la fe comenzamos un camino completamente nuevo, lleno de sorpresas, donde no faltan tampoco las dificultades.
La verdadera relación que el hombre estrecha con Dios necesita de un dinamismo, de un continuo conocimiento, de un continuo descubrimiento, de un continuo confiar y abandonarse, de un continuo “éxodo”; una aventura compartida que ve a Dios actuar con el hombre y en el hombre. Para nutrir y reforzar esta fe es necesario mantener el corazón “vulnerable” al amor de Dios, no dejar de nutrirse de la Palabra de Dios, de los sacramentos, de la oración individual y comunitaria, para un crecimiento que lleva a la santidad de la vida, a un amor que no es sólo vertical, sino horizontal, es decir, capaz de abrazar a toda la humanidad. La fe es una gracia. Cuando san Pedro confiesa que Jesús es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, Jesús le dice: “Feliz eres, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos” (Mt 16,17).
La fe es un acto humano: “No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas” (Catecismo de la Iglesia católica n.154).
En la fe,la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina.
La fe es confiable, es el más confiable de los conocimientos humanos, porque se basa en la Palabra de Dios, la cual no miente. Nunca habrá una verdadera divergencia entre fe y razón: pues el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe, también ha depuesto en el espíritu humano la luz de la razón, este Dios no podría negarse a sí mismo, ni lo verdadero contradecir a lo verdadero” (Concilio Vaticano I).
La fe es libre. Para ser humana, la respuesta de la fe del hombre a Dios debe ser voluntaria: “Nadie debe ser forzado a abrazar la fe contra su voluntad. Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza” (Dignitatis humanae n.10).La fe es el inicio de la vida eterna. Nos da a probar anticipadamente la alegría y la luz de la visión beatífica, final de nuestro peregrinar. Entonces veremos a Dios “cara a cara” (1 Co 13,12), “tal como es” (1 Jn 3,2).

