Semana Santa 2020 en casa

Estimados hermanos, en medio de esta realidad que vivimos por la pandemia del corona virus, que nos obliga a quedarnos en nuestras casas para evitar su transmisión, nos disponemos a celebrar la Semana Santa.

Ya que no van a poder acercarse a celebrarla en los templos, les ofrecemos este material para que la celebren en sus casas.

Esta nueva situación nos lleva a volver la mirada al Pueblo de Israel que en sus casas celebraba la Pascua del Señor o la primitiva Iglesia que se reunían en las casas para celebrar la Eucaristía:

“Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.” (Hch.2,42)

Que en esta Semana Santa cada casa se convierta en una Iglesia doméstica donde el Señor se hace presente y quiere celebrar con nosotros la Vida que nos regala.

Que cada hogar sea el templo donde se celebre a Aquel que viene a renovar nuestras vidas y colmarnos con su paz y su amor.

Todos juntos pidamos al buen Dios que gracias a Jesús nos bendiga con el Espíritu de Vida que viene a renovar la tierra y nos regalemos unos a otros palabras y gestos de bondad.

Un gran abrazo y bendita Pascua.

DOMINGO DE RAMOS

Preparemos para esta celebración un altar (mesa donde pongamos un mantel, una imagen de Jesús y de la Virgen y velas encendidas, si tenemos) y un ramo de alguna planta que tenemos en la casa y una taza o vaso con agua.

Si son varios los que participan traten de distribuirse las distintas partes de la celebración.

  • Comenzamos esta celebración: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
  • Uno puede leer para los demás o para sí mismo:

Durante la Cuaresma hemos buscado convertirnos a Dios de todo corazón. Hoy, en comunión con toda la Iglesia, en este Domingo de Pasión, iniciamos la celebración anual del Misterio Pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo quien, para llevarlo a cabo, para Él y para nosotros, entró en Jerusalén, y así cumplir las Promesas hechas a su Pueblo Israel en favor de todos los hombres.

Por este motivo, recordando con fe y devoción su entrada salvadora, acompañemos al Señor para que, participando de su Cruz por la Gracia de Dios, merezcamos un día tener parte en su Resurrección y Vida.

  • Pedimos al buen Dios que bendiga el ramo y el agua que luego vamos a usar

Padre Bueno, te pedimos que bendigas este ramo, que quiere expresar nuestra fe en Jesús que viene a nuestras vidas así como cuando entró en Jerusalén, y esta agua con la que vamos a rociarnos y rociar nuestro hogar  pidiendo al Señor que venga a renovar nuestras vidas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

  • Lectura del Evangelio (Mateo 21,1-10)

Antes de leer el Evangelio: Estimados, hace más de dos mil años, Jesús ingresaba a Jerusalén para entregarse por nosotros y darnos vida en abundancia. Hoy, el Señor quiere ingresar en nuestras vidas, en nuestras casas donde vivimos, en nuestras experiencias personales y compartidas, para traernos su Palabra creadora que es capaz de transformar, para servirnos como sirvió a tantos en su vida y expresó en el lavado de los pies de sus discípulos, para entregársenos como se entregó cargando su cruz y en ellas a nosotros y dándose sin medida hasta el extremo de no guardarse nada para sí mismo y renovar a cada instante nuestras vidas con la Presencia viva de Dios.

Por eso, al anunciar el Evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén vayamos con el corazón al encuentro del Señor que quiere ingresar en nuestras vidas, asumiendo nuestras dificultades y deseos.

“Cuando se aproximaban a Jerusalén, estando ya al pie del monte de los Olivos, cerca de Betfagé y de Betania, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Qué están haciendo?», respondan: «El Señor lo necesita y lo va a devolver en seguida».

Ellos fueron y encontraron un asno atado cerca de una puerta, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les preguntaron: «¿Qué hacen? ¿Por qué desatan ese asno?». Ellos respondieron como Jesús les había dicho y nadie los molestó. Entonces le llevaron el asno, pusieron sus mantos sobre él y Jesús se montó.

Muchos extendían sus mantos sobre el camino; otros, lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: «¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosana en las alturas!».

Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.”

  • Al terminar la lectura se dice: Palabra del Señor y se responde: Gloria a Ti, Señor Jesús
  • Luego de leer el Evangelio, hacemos un momento de silencio para dejar que la Palabra de Dios tenga su eco en nuestro interior.
  • Tomemos el ramo que hemos preparado e introduzcámoslo en el agua y rociemos con él nuestras personas y la puerta de nuestra casa.

Este gesto sea una manera de decirle a Jesús:

Señor Jesús sé que has venido por mí y estás junto a mí, a mi familia, a mis necesidades. Una vez más te abro mi corazón y te pido que lo colmes con tu bondad y tu gracia y así podamos experimentar tu ternura y tu paz, que nadie puede superar.

Danos tu Espíritu que transforme nuestro corazón preocupado y cansado y nos haga experimentar que estamos en los brazos del Padre, como un niño en los brazos de su padre. Amén.

  • Recemos juntos la oración que Jesús nos enseñó, uniéndonos a todos los hombres del mundo: Padre nuestro…
  • Recemos también a la Virgen el Ave María, pidiendo en particular por todos los que están enfermos, por los que están en la calle o experimentan la pobreza o el abandono, por nuestras necesidades y por los que han muerto: Dios, te salve María…
  • Y finalizamos diciendo: El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.

JUEVES SANTO

Hacemos esta celebración al atardecer

Preparemos para esta celebración un altar (una mesa). Pongamos un mantel, una imagen de Jesús y de la Virgen y, si tenemos, velas encendidas. Si son varios los que participan traten de distribuirse las distintas partes de la celebración.

Hoy toda Iglesia vuelve la mirada a Jesús que en la Última Cena expresó y anticipó su entrega sin límites lavando los pies de sus discípulos y entregándoles la Eucaristía. Así nos invitó a hacer lo mismo entre nosotros y a hacer memoria de su entrega salvadora en el Gesto extremo de su amor.

  • Comenzamos esta celebración: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

PRIMERA PARTE

  • Uno puede leer para los demás o para sí mismo:

Al leer el Evangelio escuchemos al mismo Señor que nos dice al corazón: Yo estoy siempre contigo porque te amo y por eso me doy con todo lo que soy. No me guardo nada, todo lo mío es tuyo. Para que no tengas duda doy mi vida por vos; te sirvo ayudándote, te sirvo como un amigo que se pone al lado allí donde estás o como una madre o un padre que no mide lo que hace porque lo necesita su hijo. Mi entrega hasta dar la vida en la Cruz es para que nunca dudes de mi amor por vos.

Deseo que entre ustedes se amen también como yo los amo y se sirvan unos a otros como yo, que siendo su Señor, los sirvo. Crean en esto que les enseño, póngalo en práctica y serán felices.

  • Evangelio: Lavado de pies (Jn.13,1-17)

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.
Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?». Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».

«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.
Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.”

  • Al terminar la lectura se dice: Palabra del Señor y se responde: Gloria a Ti, Señor Jesús
  • Volvemos a repasar el Evangelio recién leído y a pensar que nosotros estábamos presentes allí en la última cena del Señor o que Jesús está a nuestro lado mientras comparte nuestras vidas.

Hoy Jesús nos ofrece su amistad y se pone a servirnos. Nos ama y nos muestra cómo nos  sirve.

Los invitamos a tener un momento en silencio.

  • (Después del silencio)

Oremos por todas las personas que sufren, por los que están en la calle, por los enfermos, etc. (Agregar las intenciones que deseemos)

SEGUNDA PARTE

  • Hoy en la celebración del Jueves Santo se celebra que Jesús quiso quedarse en el sacramento de la Eucaristía para alimentar nuestras vidas. Jesús renueva el rito de la Antigua Alianza de Israel e instituye la Nueva Alianza para todos los hombres. Su presencia en la Comunión como el Pan que da la de Vida, quiere sostenernos como fortaleció al Pueblo Judío en su camino de liberación para que nuestro corazón pueda amar con su mismo amor como Él nos amó y para que los hombres nos podamos hacer amigos.
  • Leemos el Evangelio (Mateo 26,17-29)

“El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?». El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: «El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.

Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará». Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!». Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre».

  • Al terminar la lectura se dice: Palabra del Señor y se responde: Gloria a Ti, Señor Jesús.
  • Guardamos silencio

La presencia de Jesús en medio nuestro nos invita a reconocer el don que Dios nos hace de creer en Él, en su Palabra y en su Amor. Detengámonos en pensar cómo se nos confía Él mismo en el Sacramento para que podamos vivir arraigados en la fe y para que se nos haga carne lo que se nos dice en el Evangelio: “Hagan esto en memoria mía”. Así quiso quedarse siempre entre nosotros encerrando todo su misterio de amor y de entrega en la Comunión.

Ya que hoy no nos es posible acercarnos a Jesús en la Eucaristía, somos invitados a hacer una comunión desde nuestro corazón. ¡Cómo olvidar que Jesús quiso ardientemente compartir su Pascua con nosotros! ¡Gracias, Jesús!

 Hacemos silencio para esta comunión espiritual

  • Después le decimos todos:

Jesús: necesitamos que Vos seas el alimento vivo de nuestra fe y nos transformes para que también nosotros, seamos adoradores de Dios nuestro Padre en el espíritu y en las obras. Sólo Vos nos podés hacernos simples y verdaderos servidores de los demás; como pan de amor compartido sin más, ofrecido a todo prójimo sin distinción. Que hoy más que nunca no nos olvidemos lo que nos supiste decir en el evangelio de Mateo: “Lo que hagan al más pequeño de mis hermanos me lo hacen a mí” (Mt 25, 40) .

  • Después

Oremos por todos los bautizados, por todos los sacerdotes, los religiosos y consagrados a Dios, por todas las personas que sufren, por los que están en la calle, por los enfermos, etc. (Agregar las intenciones que deseemos).

  • Recemos juntos la oración que Jesús nos enseñó uniéndonos a todos los hombres del mundo, Padre nuestro
  • Recemos también a la Virgen el Ave María, pidiendo en particular por todos los que están enfermos, por los que están en la calle o experimentan la pobreza, por nuestras necesidades y por los que han muerto: Dios, te salve María…
  • Finalizamos trazando la señal de la cruz sobre nuestro pecho diciendo: El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
  • Oración final. Es un canto, si lo quieren escuchar buscarlo en la siguiente dirección: https://www.youtube.com/watch?v=8W9t_qhSGB4

Quédate con nosotros, Señor de la esperanza,
el pueblo que tú amas hoy lucha por vivir,
y aunque a veces dudamos de tu presencia en casa,
no dejes que la noche nos sorprenda sin Ti.

Y porque ya anochece, quédate con nosotros,
no dejes que la noche nos sorprenda sin Ti.

Quédate con nosotros, Señor de la pobreza,
los pobres y los niños te quieren descubrir,
porque a veces no saben que son tus preferidos,
no dejes que la noche nos sorprenda sin Ti.

Quédate con nosotros, Señor de la justicia,
los hombres no aprendemos a dar sin recibir,
vivimos muchas veces una justicia falsa,
no dejes que la noche nos sorprenda sin Ti.

Quédate con nosotros, Señor de la promesa,
tu mismo aseguraste amarmos hasta el fin,
por eso humildemente volvemos a pedirte,
no dejes que la noche nos sorprenda sin Ti

Para acompañarnos en estos días

Los invitamos a rezar el Salmo 138, celebrando que el Buen Dios está a nuestro lado siempre.

Señor, tú me sondeas y me conoces, tú sabes si me siento o me levanto;
de lejos percibes lo que pienso, te das cuenta si camino o si descanso,
y todos mis pasos te son familiares.

Antes que la palabra esté en mi lengua, tú, Señor, la conoces plenamente;
me rodeas por detrás y por delante y tienes puesta tu mano sobre mí;
una ciencia tan admirable me sobrepasa: es tan alta que no puedo alcanzarla.

¿A dónde iré para estar lejos de tu espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia?
Si subo al cielo, allí estás tú; si me tiendo en el Abismo, estás presente.
Si tomara las alas de la aurora y fuera a habitar en los confines del mar,
también allí me llevaría tu mano y me sostendría tu derecha.

Si dijera: «¡Que me cubran las tinieblas y la luz sea como la noche a mi alrededor!»,
las tinieblas no serían oscuras para ti y la noche será clara como el día.
Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre:
te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable.

¡Qué maravillosas son tus obras! Tú conocías hasta el fondo de mi alma
y nada de mi ser se te ocultaba, cuando yo era formado en lo secreto,
cuando era tejido en lo profundo de la tierra.

Tus ojos ya veían mis acciones, todas ellas estaban en tu Libro;
mis días estaban escritos y señalados, antes que uno solo de ellos existiera.
¡Qué difíciles son para mí tus designios! ¡Y qué inmenso, Dios mío, es el conjunto de ellos!
Si me pongo a contarlos, son más que la arena; y si terminara de hacerlo, aún entonces seguiría a tu lado.

VIERNES SANTO

Hacemos esta celebración cerca de las tres de la tarde

 

Preparemos para esta celebración un altar (una mesa donde pongamos un mantel, una cruz que tengamos en su casa o una imagen de Jesús crucificado y de la Virgen y velas encendidas, si tenemos).

  • Comenzamos esta celebración: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
  • Uno lee para los demás o para sí mismo: del Evangelio de san Juan (Jn.19, 17-42)

“Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: «El rey de los judíos». sino: «Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos»». Pilato respondió: «Lo escrito, escrito está».

Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.» Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed.

Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua. El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: «No le quebrarán ninguno de sus huesos». Y otro pasaje de la Escritura, dice: «Verán al que ellos mismos traspasaron».

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús –pero secretamente, por temor a los judíos– pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.”

  • Al terminar la lectura se dice: Palabra del Señor y se responde: Gloria a Ti, Señor Jesús
  • Hacemos un rato de profundo silencio.

Miremos a Jesús que carga la cruz. En verdad nos carga a nosotros. No nos deja tirados al borde del camino. No nos deja solos en nuestras angustias. No sigue de largo aunque a veces nos cueste experimentar su presencia. No deja de descender a nuestras necesidades, debilidades y pobrezas para decirnos con su palabra recreadora: Levántate y camina. Jesús no nos olvida, como no olvidó a su Madre: nos pone bajo su amparo y siguiendo su ejemplo nos dice que nos ayudemos unos a otros, nos cuidemos.

Su mirada nos abraza ya sus brazos están clavados. Su voz se vuelve petición por nosotros: “Padre, perdónalos” (Lucas 23,24). Su corazón se abre y nos regala su vida, su bondad, su perdón que es amor y misericordia: Ahora hagamos nosotros igual con las demás personas.

“Todo se ha cumplido”. Jesús nada se guardó para sí, entregó todo, se desnudó y así nos vistió para cubrir nuestra desnudez, para fortalecer nuestro desvalimiento, para enriquecernos y darnos la dignidad de los hijos de Dios que tienen lugar en la casa de su Padre.

Es la Hora de la Misericordia, del Dios apasionado que se expone por entero hasta sufrirlo todo por amor, el Dios que nos habla con la vida entregada de Jesús. “He aquí el hombre” (Juan 19,5) como había dicho Pilato, el verdadero.  Es la hora de la gran Misericordia ofrecida a todos y para siempre, manantial de Vida que borra cualquier culpa.

  • Luego tengamos un momento de adoración de Jesús en la cruz.

Si desean este gesto puede ser acompañado rezando la siguiente oración. La puede bajar desde internet en la siguiente dirección cantada: https://www.youtube.com/watch?v=4rWrzqHLubA

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor,
muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido, muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

  • Luego repetimos estas súplicas

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Señor: ten misericordia de nosotros y del mundo entero (tres veces)

  • Así como Jesús oró por nosotros, oremos ahora nosotros por los demás hombres y mujeres:
  • Por todos los hombres para que podamos vivir en paz, respetándonos unos a otros y compartiendo los dones que tenemos. Escúchanos, Señor.
  • Por los gobernantes de los diferentes países para que tomen las mejores medidas en esta circunstancia.
  • Por todos los enfermos y en particular por los enfermos del corona virus.
  • Por los hombres que están solos para que encuentren la acogida que todos necesitamos.
  • Por los que no tienen trabajo y los que sufren la grave situación económica actual.
  • Por el Papa Francisco, los Obispos, los sacerdotes y todos los consagrados para que den testimonio de la alegría del Evangelio
  • Por los hombres que de diversas formas escuchan la Palabra de Dios y siguen su rostro.
  • Por los hombres violentos, para que experimenten el gusto de la paz.
  • Por los que trabajan junto a los enfermos y por todos los que sirven al bien común en estas circunstancias.
  • Por los investigadores que buscan respuesta a la pandemia.
  • Finalmente Recemos juntos la oración que Jesús nos enseñó uniéndonos a todos los hombres del mundo, Padre nuestro…
  • Recemos también a la Virgen, pidiendo en particular por todos los que están enfermos, por los que están en la calle o experimentan la pobreza, por los que han muerto y por nuestras necesidades  Dios, te salve María…
  • Y finalizamos diciendo: Por su Pasión y Muerte el Señor nos perdone, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.

PASCUA DEL SEÑOR JESÚS

Hacemos esta celebración en la noche del Sábado Santo o el Domingo de Pascua de mañana

Preparemos para esta celebración un altar (una mesa donde pongamos un mantel, una cruz que tengamos en casa o una imagen de Jesús y de la Virgen y velas sin encender y una vela sola diferente, si se puede, para usar como cirio pascual).

  • Comenzamos esta celebración: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
  • Uno puede leer para los demás o para sí mismo:

El Viernes Jesús murió en la Cruz. Nosotros, más que llorar su muerte, la celebramos. Contemplamos a Dios crucificado. Esta noche (esta mañana) celebramos el mayor misterio del amor de Dios: su gloriosa Resurrección.

  • Tratando que en la habitación haya poca luz se enciende la vela principal
  • A continuación, puesto de pie, se reza el siguiente Himno, tomado del que se reza en los templos una vez que el Cirio Pascual, que representa a Cristo Resucitado, Luz del mundo, ha sido ingresado en el Templo.

Si son varios pueden distribuirse la lectura alternada y sucesiva de las estrofas.

Que se alegre la tierra,
inundada de tanta claridad,
y que se sienta libre de la tiniebla
que cubría el mundo entero.
Alégrese también
nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante;

En verdad es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto del corazón
a Dios invisible, el Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque Él ha pagado por nosotros
al eterno Padre la deuda de Adán
y, derramando su sangre,
canceló con misericordia
el recibo del antiguo pecado.

Porque estas son las fiestas de Pascua,
en las que se inmola
el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra
las puertas de los fieles.

Esta es la noche en que sacaste
de Egipto a los israelitas,
nuestros padres, y los hiciste pasar
el mar Rojo por camino seco.

Esta es la noche
en que la columna de fuego
iluminó las tinieblas del pecado.
Esta es la noche en que,
por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo
son arrancados
de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y agregados a los santos.

Esta es la noche en que,
rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.

¡Qué asombroso beneficio
de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo,
entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado
por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes.

¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra,
lo humano y lo divino!
En esta noche de gracia, acepta, Padre santo,
esta alabanza
que la santa Iglesia te ofrece.

Te rogamos, Señor, que este cirio,
arda en nuestro hogar,
ese lucero que es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para los hombres,
y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

  • Luego uno puede leer para los demás o para sí mismo el Evangelio (20-1-18)

“El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; éste no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar a parte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos regresaron entonces a su casa.

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes». María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.”

  • Al terminar la lectura se dice: Palabra del Señor y se responde: Gloria a Ti, Señor Jesús
  • Reflexión

Hoy, en su casa, al encender la vela al inicio de este momento de oración, han repetido el gesto que se realiza en los templos al iniciar la celebración de la Vigilia Pascual. Estando el Templo a oscuras el sacerdote ingresa con el Cirio Pascual encendido y poco a poco se va iluminando todo el Templo. En la oscuridad se abre un camino: es Jesucristo Resucitado que nos ilumina.

Jesús es el Señor de la Vida que vence toda tiniebla, todo lo que ata e impide que el hombre crezca, y que los hombres verdaderamente se encuentren y sean capaces de compartir sinceramente y en paz los dones recibidos de Dios.

Ël nos ayuda a vencer las pequeñas muertes de nuestra vida cotidiana, para que crezca la Vida en nuestro corazón – herido por las ofensas recibidas, que a menudo no nos permiten establecer vínculos con los demás-, en nuestros deseos -que a veces experimentan la oscuridad y claudican- , en nuestros miedos -que nos impiden dar un paso hacia adelante y salir de nosotros mismos. Jesús corre la piedra que impide la Vida, todo lo que hace pesado nuestro caminar e introduce a nuestro alrededor y en nuestras relaciones un mundo nuevo, haciéndonos instrumentos de su Paz.

Hoy, Jesús resucitado se presenta a nosotros como el jardinero, como el que cuida la tierra y nos invita a descubrir todo lo bello que hay en cada persona y a nuestro alrededor. Nos ofrece la fe para dar valor a lo que no tiene precio, y así  vivir dejándonos plasmar por ella -libres de formalidades y costumbres muertas contagiándonos su Vida llena de Amor a través de los pequeños gestos de cada día, del honesto y esforzado trabajo ordinario, abiertos al misterio de la Providencia buena de Dios para cada uno y despojados de cualquier arrogancia cuando nos acerquemos a los demás.

Reencontrándose con nosotros Jesús hace posible la Vida nueva que reconstruye las relaciones, y nos convierte en piedras vivas de la Iglesia, y protagonistas de una nueva civilización. Es su Victoria Pascual la que nos llena de alegría. El mundo nuevo nace con Él.

  • A continuación recorremos con la vela pascual la casa mientras rezamos el Credo. Renovemos así nuestra fe en Dios y su presencia en medio nuestro, sus hijos. Cuando recemos “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos,” nos pondremos de rodillas en un breve momento de adoración.

Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue  concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

  • Ahora uno dice dirigido a todos: “La paz de Jesús esté con todos ustedes”
  • Después, uniéndonos a todos los hombres del mundo rezamos juntos la oración que Jesús nos enseñó: Padre nuestro…
  • Antes de concluir recemos también a la Virgen el Ave María: Dios, te salve María…
  • Y finalizamos invocando la bendición de Dios y haciéndonos la señal de la Cruz: El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén. “¡Alleluya!”
  • Canto: Suenen campanas, suenen tambores. Si lo quieren escuchar buscarlo en esta dirección: https://www.youtube.com/watch?v=CYcXoQ1OT_E