El Nacimiento de Jesús

Lección desde la cátedra del divino pesebre.

Un pesebre por cuna. «Salido el santo niño a esta luz, la Virgen lo acostó en un pesebre, porque no había otro lugar en aquel mesón (Lc 2,7). ¿Quién no se espantará de ver al Señor de todo lo criado acostado en un pesebre de bestias? ¿Cómo se trocó el templo por el establo? ¿Cómo se mudó el cielo por el pesebre?

Creo cierto que cuando los santos, algunas veces en la contemplación, salían de sí y quedaban enajenados y transportados en Dios, era considerando esta tan grande maravilla y esta tan grande muestra de la divina bondad y caridad…

Pues hasta aquí llegó la bondad y la misericordia y el amor de Dios para con los hombres, a hacer tales cosas por ellos, que aquellos mismos por quien las hacía las tuviesen por locura. Elegantemente dijo un sabio que amar y tener seso apenas se concede a Dios. Porque así vemos aquí a Dios, ya salido de sí y transformado en el hombre, tomando lo que no era, sin dejar de ser lo que era, por la grandeza del amor».

Lección de humildad. «Perseverando más en la consideración de este sagrado pesebre, hallarás en él motivos no sólo para el conocimiento de aquella soberana bondad y amor de Dios, sino también para toda virtud.

Aquí aprenderás humildad de corazón, aquí menosprecio del mundo, aquí aspereza de cuerpo y aquí aquella desnudez y pobreza de espíritu tan celebrada en el Evangelio. Sabía muy bien este médico y maestro del cielo cuánta paz e inocencia mora en la casa del pobre de espíritu, y cuántas guerras y desasosiegos y cuidados trae consigo el desordenado amor de las riquezas, y por esto luego, desde la cuna del pesebre, como de una cátedra celestial, la primera lección que leyó y la primera voz que dio fue condenando la codicia, raíz de todos los males, y engrandeciendo la pobreza de espíritu y la humildad, fuente de todos los bienes».

¡Dichosa casa! «¡Oh dichosa casa! ¡Oh establo más glorioso que todos los palacios de los reyes, donde Dios asentó la cátedra de la filosofía del cielo, donde la palabra de Dios, enmudecida, tanto más claramente habla cuanto más calladamente nos avisa!

Mira, pues, hermano, si quieres ser verdadero filósofo, no te apartes de este establo, donde la Palabra de Dios, callando, llora; mas este lloro es más dulce que toda la elocuencia de Tulio y aun que la música de todos los ángeles del cielo».

Jesús, dulce nombre, salvador

Humildad y grandeza. «Dos cosas has de considerar siempre, hermano, en la persona de Cristo: conviene a saber, quién era y a lo que venía. Si miras quién Él era, a Él convenía toda gloria…; más si miras a lo que venía, a Él convenía toda humildad y toda pobreza, porque venía a curar nuestra soberbia. Por eso, si miras atentamente, hallarás en todos los pasos de su vida santísima, juntas en uno siempre…, grande humildad y grande gloria.

Grande humildad es ser Dios concebido, más grande gloria es ser concebido del Espíritu Santo. Grande humildad es nacer de mujer, pero grande gloria es parir una Virgen. Grande humildad es nacer en un establo, pero grande gloria es resplandecer en el cielo. Grande humildad es ser circuncidado, pero grande gloria es el nombre que allí le ponen de Salvador…

Y por esto, si te escandaliza la humildad de Cristo, para no creer que es Dios el que ves tan humillado, mira la gloria que acompaña a esa humildad…»

Circuncisión y dolor. «Considera, hermano., cómo luego, al octavo día, quiso el Salvador comenzar a hacer oficio de redentor, que es padecer trabajos y derramar sangre por nuestro remedio.

Donde primeramente debemos pensar qué dolor sentirían las entrañas de la sacratísima Virgen viendo aquel santo niño en tan tierna edad comenzar a padecer ya de su carne y de su sangre.

Considera también al Niño Jesús…, llorando y derramando lágrimas por la grandeza del dolor de la herida, el cual era tan grande, que algunas veces acaecía morir de él… Y ¿qué sentiría otrosí el santo José, que por ventura fue el ministro de esta circuncisión? ¿Con qué compasión ejercería este oficio, y con qué entrañas sentiría este dolor…?

¡Oh Esposo de sangre y Rey de gloria, desposado con la naturaleza humana, que tan grande fue el amor que tuviste para con los hombres y el rigor para contigo…! ¡Oh Sol de justicia, arrebolado por la mañana y por la tarde, esto es, en el nacer y en el morir, teñido y colorado de sangre! …»

Jesús, Salvador. «Este glorioso nombre, «Jesús», fue el primero pronunciado por boca de los ángeles… Bendito sea tal nombre, y bendita tal salud, y bendito el día que tales nuevas fueron dadas al mundo.

Hasta aquí, Señor, todos los otros salvadores que enviasteis al mundo eran salvadores de cuerpos y eran salvadores de carne, que ponían en salvo las haciendas y las casas y las viñas y dejaban perdidas las almas, hechas tributarias del pecado…. Pues ¿qué le aprovecha al hombre conquistar y señorear al mundo si él queda esclavo del pecado.?

                                                     Fray Luis de Granada OP (1505-1588)