Diciembre 2019

Publicada en la revista Compartir Nº 269 de Diciembre 2019

Querida comunidad de Sta Isabel:

La frase que da título a este último ejemplar de nuestra revista en este 2019, tomada de la profecía de Isaías, nos ayuda a centrar nuestra atención en el misterio que celebramos en la Navidad. El tiempo de Adviento que vivimos durante el último mes del año, es un camino de preparación a la celebración de ese misterio. El evangelio según san Juan nos dice que «tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo…» (Jn 3,16). Y el Hijo que Dios nos dio se hizo, en todo, nuestro hermano. La frase de Isaías hace referencia proféticamente a Jesús, pero también es cierto que puede ser dicha sobre cualquier bebé esperado y recibido con amor. ¿Hay acaso mayor alegría que la de recibir un hijo? Un hermano, un primo, un sobrino. Todo bebé es un tesoro repleto de vida que dinamiza amorosamente los vínculos que están tejidos en torno a él. La paradoja de un recién nacido es que, por un lado no puede nada y lo necesita todo; por otro lado, tiene el misterioso poder de hacer que todos a su alrededor se vuelvan más capaces de amar. Un bebé descentra, porque pide atención constantemente. Quien está cerca suyo no puede más que ponerlo a él en primer lugar, siempre. Un bebé necesita de los demás para crecer, pero al mismo tiempo hace crecer a todos los que lo rodean. Crecer en la capacidad de amar, de cuidar la vida.

Nos sorprende Dios, el Todopoderoso, apareciendo en este mundo de manera tan frágil. No sólo a los creyentes de aquella época y a las culturas vecinas podía sorprenderlos y hasta escandalizarlos. Siendo honestos, también a nosotros nos puede incomodar bastante y hasta desilusionarnos un Dios que no apela a la fuerza y el poder. Tal vez no nos animemos a decirlo en voz alta pero muchas veces anhelamos un Dios poderoso, fuerte y hasta violento que se imponga sin vacilaciones. Que ponga las cosas en su lugar. Nos desconcierta Dios apareciéndose entre nosotros necesitado y vulnerable. Pero justamente allí es donde se revela que verdaderamente es Dios. Sólo Él puede tener esa maravillosa creatividad, que sorprende, maravilla y desinstala. Dios se hace pequeño, muy pequeño y necesitado de amor. Podemos preguntarnos por qué y ensayar varias respuestas. Y todas ellas tendrán algo en común: para que aprendamos el camino del amor. ¿Podría tener Dios algún otro interés que no fuera enseñarnos a amar? ¿Tiene la vida algún otro sentido que aprender a amar como Él?

Llega fin de año y seguramente arrastremos ya cansancio. También puede haber habido durante este año frustraciones, broncas o tristezas. Pero no desaprovechemos esta hermosa oportunidad de renovarnos en lo más importante de nuestra vida. Nuestra capacidad de amar. Pidamos al pequeño y frágil Divino Niño de Belén, a su Santísima Madre y a san José su esposo, que nos enseñen el camino del verdadero amor.

Que Dios los bendiga y la Virgen Santa los cuide. ¡Feliz Navidad!

Pbro. Roberto Sosa González – Cura Párroco