Para reflexionar… Lc 2, 41-52

“María guardaba estas cosas en su corazón”

Lucas escribe: «María, por su parte guardaba estas palabras y las confrontaba en su corazón».

Lucas la presenta como primera creyente después de pascua. Ella inaugura esa comunidad de fe, nacida también del Espíritu, que se llamará la Iglesia. Es algo que Lucas no dejará de recordar al comienzo de los hechos de la Iglesia.

Y Lucas nos repite, para terminar, que María «guardaba todas estas palabras en su corazón». La última palabra misteriosa de Jesús (2, 50), pero también todas las demás que habían precedido y todos los acontecimientos que habían surgido de ella. «El corazón es símbolo de amor e interioridad». Lucas ante el cuadro del quinto misterio de gozo concluye con una nota sobre el corazón de María: «conservaba en su interior todo aquello». María es la mujer toda corazón. Esto significa que aunque en su mente no entendía muchas cosas, ama, espera y cree. Jesús le cambia los planes desde su concepción hasta su muerte. De niño le hizo retornar a Jerusalén, y ni siquiera entendía sus palabras. Pero al final calla y confía. María siempre aparece en el evangelio revelando su «fiat», su «hágase», su total confianza y obediencia a los planes divinos. Otro aspecto mariano de este evangelio es la prontitud de María, en busca de Jesús. A donde quiera que tenga que ir Jesús allí va María, a Egipto, a Jerusalén, al Calvario. María sigue con prontitud a Jesús, se sacrifica y lo sigue hasta el final, hasta las últimas consecuencias, siempre y a lo largo de toda la vida. También María es la mujer que se deja sorprender por Jesús. Se sorprende ante sus hechos y palabras. Esto demuestra su fina sensibilidad. María invita a recuperar esa capacidad de sorpresa y de admiración. El Dios de María es un Dios sorprendente, admirable, desconcertante. Finalmente María revela esa dimensión profética de la pregunta: ¿Por qué? No permanece callada ante el misterio, ante los acontecimientos difíciles. Le preguntó al Ángel y le pregunta a su Hijo, y con su hijo se identificó cuando en la cruz Jesús también preguntó: ¿por qué? No se trata de mantener un silencio estéril, se trata de la inteligencia que limitada ante el misterio de la vida solicita una respuesta. De la pregunta humilde hecha oración viene la respuesta elocuente de un Dios que habla y se revela hasta en sus silencios.

La forma de conservar a Dios, respetando sus decisiones y aceptando sus opciones, por extrañas que nos parezcan, es, como lo hizo María; conservar cuanto con él vivía entrañablemente en el corazón: guardar en silencio cuanto veía, y guardarse de preguntar mientras con Él convivía.

El misterio de Dios no cupo en la mente de María, pero tuvo cabida en su corazón. Es la única manera garantizada que existe de no perder a Dios. Guardar cada instante que con Él vivimos en nuestra memoria, aprovechar toda ocasión, mientras esté con nosotros, para atenderlo, y renunciar a entenderlo con la mente para comprenderlo con el corazón.