Meditaciones sobre la cruz

Elevaciones a Cristo Salvador tomadas de oraciones atribuidas a Santa Brígida

Elevación Primera: Jesús condenado

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la última cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso, y por tu amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y les lavaste los pies con tus manos preciosas, mostrando así humildemente tu máxima humildad.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a término tu designio de redimirnos, mostrando así de forma clara  tu caridad para con el género humano.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y siendo el juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilato para que te juzgara.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.

Alabanza a ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste atar a la columna para ser cruelmente flagelado, y que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilato cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos como {un malhechor} siendo el Cordero inocente.

¡Bendito seas, por siempre, Señor, mi salvador!

Elevación segunda: Jesús, misericordia salvadora

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado, fuiste condenado a muerte de cruz, que cargaste sobre tus sagrados hombros el madero, que fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio, despojado de tus vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.

Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que en medio de tales angustias, te dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, tu madre que nunca pecó ni consintió jamás la más leve falta; y para consolarla, la confiaste a tu discípulo que la cuidara con toda fidelidad.

Bendito seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que cuando estabas agonizando, diste a todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón arrepentido.

Alabanza eterna a ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en la cruz, sufriste  las mayores amarguras y  angustias por nosotros, peca¬dores; porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban intensamente en tu alma bienaventurada ¬y atravesaban cruelmente tu corazón sagrado, hasta que dejó de latir.

Entonces exhalaste el espíritu, e inclinando la cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios, tu Padre, quedando tu cuerpo invadido por la rigidez de la muerte.

¡Bendito seas, por siempre, Señor, mi salvador!

Elevación tercera: Cristo, Señor, alabado por los siglos.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que con tu sangre preciosa y tu muerte sagrada redimiste las almas y, por tu misericordia, las llevaste del destierro a la vida  eterna.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, Tú, que por nuestra salvación permitiste que tu costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza, y que, para redimirnos, hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo  bendito fuera bajado de la cruz por tus ami¬gos y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre, y que ella lo envolviera en lienzos, y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo que unos soldados montaran allí guardia.

Honor por siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que en¬viaste el Espíritu Santo a los corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.

Bendito seas tú, glorificado y alabado por los siglos, mi Señor Jesús, tú que estás sentado sobre el trono de tu reino en tu tos cielos, en la gloria de tu divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste la carne de la Virgen.

Bendito Tu, que así has de venir el día del juicio a juzgar a las almas de todos los vivos y los muertos: tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu por los siglos de los siglos. Amén.

¡Bendito seas, por siempre, Señor, mi salvador!