Julio 2019

Publicada en la Revista Compartir Nº 264 de Julio 2019

Querida comunidad de Sta Isabel:

En nuestro país celebramos el 20 de julio el día del amigo. Un festejo compartido por personas de diverso credo, condición social, ideología política, equipo de fútbol, etc. Es asombroso y, al mismo tiempo sumamente esperanzador, que personas que en otras cuestiones se distancian y, hasta a veces con enfrentamientos duros, encuentren un punto de encuentro tan sencillo. Aunque no por sencillo deja de ser sumamente profundo. Y desde la fe es iluminado en toda su belleza y fuerza constructiva.

Nacemos en el seno de una comunidad, la familia. Con cualidades y defectos, nos hacen y nos ayudan a ser lo que somos. Desde nuestra concepción somos el testimonio viviente de que no podemos existir solos. No nos damos la vida a nosotros mismos -la recibimos de otros- y tampoco la desarrollamos en soledad. Muchos intervienen en la conformación de nuestra identidad. Los otros son un espejo donde reconocemos la dignidad de nuestro ser. Todas nuestras capacidades se van desarrollando -a veces opacando- en la interrelación con otros. En medio de todo ese entramado vincular se descubre la confianza como base de lo más valioso en el encuentro con el otro. Confiamos que se nos quiere, que se quiere nuestro bien y por eso aceptamos los consejos. Buscamos mejorar y sostener esas relaciones porque confiamos que es «con ellos» que somos mejores, que somos más nosotros mismos.

Esa experiencia tan gratificante que nos abre a la intimidad (la confianza) buscamos replicarla en nuevos vínculos que exceden ya nuestro pequeño círculo familiar. Nos adentramos así en el maravilloso mundo de la amistad. Conocemos personas, compartimos actividades, intereses, gustos y afinidades. Pero en un momento todo eso va siendo solamente una ocasión. Ya no es el fin, sino el medio. El medio para tocar la intimidad del corazón de otro ser humano que confía en mí y en quien yo también confío. Ya lo decía el viejo libro del Eclesiástico: «quien ha encontrado un amigo ha encontrado un tesoro» (Eclo. 6,14).

El tesoro de la amistad, aunque en una primera mirada no se vincule directamente a la experiencia religiosa, encierra un mensaje claro: lo más valioso que puede hacer un ser humano es entrar en una relación de amistad con el otro. No somos esencialmente seres de competencia, o que entablan vínculos de conveniencia y necesidad. Muchísimo menos tenemos derecho a usarnos unos a otros. Somos seres de amistad. Lo mejor de nosotros mismos se expresa en la amistad. Cuando alguien que vive esta experiencia humana tan profunda escucha a Jesús decir «Yo los llamo amigos» (Jn 15, 15), ¿qué imagen de Dios se le revela? Por supuesto, la imagen verdadera de Dios. Así lo entendió siempre la Iglesia y, en ella, particularmente los santos. Sta Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola, una gran mujer y una gran mujer del humanismo español del siglo XVI lo expresaron claramente en sus enseñanzas espirituales. Dice Sta. Teresa en el Libro de la Vida 8,5 que la oración es «un tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama» y San Ignacio en el libro de los Ejercicios Espirituales n°54 recomienda hablar con Jesús «como un amigo habla con otro».

Pidamos en este mes la gracia de poder vivir también con Dios una experiencia profunda de amistad.

Que Dios los bendiga y la Virgen santa los cuide.

Pbro. Roberto Sosa González – Cura Párroco